19 de enero de 2015

Estamos jugando: Conan - Prueba de Sangre (I)

Comenzamos el año con el resumen de la primera sesión que jugamos en Diciembre de la nueva campaña del juego de rol de Conan. El grupo se compone de cuatro jugadores: Kapdorf, Kythklaith Dasth, Alex (cariñosamente rebautizado como El Hacedor, ya que es el artífice de Campo del Honor, la mesa de juego personalizada de Kapdorf que ya se presentó en la Alegre Tabernilla de Azathoth), y un servidor. Tras la pantalla, maese Lord Grond se ajusta los galones de Narrador.


La campaña que jugaremos es la del suplemento Trial of Blood, que no ha sido traducido al castellano, y cuyos primeros compases tienen lugar en la capital de Aquilonia, Tarantia. No puedo dar muchos datos más ya que tendría que leer alguna reseña para ello y me estaría haciendo spoiler a mi mismo, lo cual sería ya el acabose xD

Lord Grond me ha pedido amablemente que transcriba los resúmenes de las sesiones y los publique si me apetece en el blog, y me parece buena idea :) Aunque sin duda va a ser más trabajoso, al menos para ésta primera entrada me apetece no ser yo quien os narre personalmente lo ocurrido. Prefiero dejar que sea un testigo de primera mano quien os narre el devenir de nuestra compañía a lo largo y ancho de la Era Hyboria.

"De la pluma de Ligia, en nombre de su señor.

Ahora que todo ha pasado, cuando el tiempo de la lucha y la intriga han quedado atrás, es cuando la pluma toma el lugar de la espada, y la acción cede su cetro al recuerdo. Por eso escribo para que no se pierdan los hechos de antaño, hechos que forjaron leyendas y famas, crearon gloriosas gestas y vieron pasar poderosos héroes y enemigos viles.

Yo era por aquél entonces sierva de un joven noble aquilonio llamado Hadryas que buscaba su propia fortuna. Hijo segundo de un antiguo caballero del Duque Trocero de Poitain, abandonó la corte para salir de la sombra de su hermano mayor. Mi destino quedó ligado al suyo en el mercado de Khorshemish, donde un esclavista llamado Sumbanimach me entregó a él como pago por su trabajo como protector, tras perder toda su fortuna en negocios nefastos.

No mucho tiempo después, mi señor fue contratado para organizar la protección de una caravana que transportaba un misterioso y valioso cofre hasta Tarantia. En dicha caravana viajaban también dos hombres que más adelante se asociarían con él en una aventura que aún no podían vislumbrar en el horizonte. Uno de ellos era un soldado de Gunderland llamado Kaesus, el hijo de un maestro armero de la Fortaleza Negra. El otro era un oscuro zamorio llamado Yuriy, que aseguraba haber sido guía en su Zamora natal. Junto al resto de espadas de alquiler que protegían la caravana, avanzamos sin percances hasta la capital del reino, entregando intacto el cofre, que fue llevado a las cocinas de la Fortaleza Negra.

Ante las puertas de la ciudad, Kaesus fue testigo de ciertas... dificultades idiomáticas entre un nordheimer y los guardias de la puerta. Afortunadamente logró evitar un baño de sangre mediando entre ellos, dando su palabra a los guardias de que tomaría a buen recaudo la enorme hacha del bárbaro, cuyo nombre era Makhra, y a éste de que se la devolvería más adelante, cuando se encontrasen en una taberna llamada el Arpa de la Confianza. Casualmente, éste fue el lugar elegido por mi señor para disfrutar del ocio capitalino, así como por el guía zamorio. Era éste un lugar de encuentro afamado, donde se daban la mano el ocio y el negocio. El azar, el destino o Mitra sabe qué los unió aquella noche en la que todo comenzó.

Una noche aquella regada por abundantes vino y cerveza, en los cuales Kaesus llevaba empapado los tres días que llevaba en Tarantia, olvidado de la palabra dada a aquél bárbaro nordheimer. Palabra, en cambio, muy presente para Makhra, que por tercera noche consecutiva buscaba, y por fin encontraba, el Arpa de la Confianza, con esperanza de recuperar su arma perdida. Mientras dos artistas zingarios amenizaban la noche con música, el bárbaro se aproximó a la mesa del soldado y lo saludó con un directo: "Donde está mi hacha". Mi señor, junto a quien yo observaba la escena desde la barra, se acercó para intervenir en lo que podía ser un desafortunado reencuentro. En el camino se unió a nosotros Yuriy, quien cruzó con Hadryas algunas palabras antes de continuar.

A pesar de todo, Kaesus logró por si sólo tranquilizar al bárbaro, tras lo cual, hechas las presentaciones de rigor, los cuatro hombres se sentaron a la mesa para compartir bebida e historias. Todos habían acudido al establecimiento en busca de nuevos patronos, y mientras hablaban escrutaban la concurrencia reunida para tratar de identificar posibles empleadores.

Avanzada la noche, Nisio el Zingario interpretaba la Balada del Barril, haciendo sisear su voz con el sonido de una espada abandonando su vaina. Una fugaz nota discordante advirtió a Kaesus de que algo iba a ocurrir, una señal convenida, sin duda, y entraron entonces como un vendaval ocho hombres embozados en el recinto. Todos ellos empuñaban armas de siniestra hechura, y uno de ellos apuntaba la suya contra la nuez de un borracho. "Dadnos todo vuestro dinero sin causarnos problemas", gritó entonces, "y nadie habrá de resultar herido". Muchas manos temblorosas vaciaron sus bolsas sobre las tablas, y los felones comenzaron a moverse entre las mesas. Algunos de los presentes, un grupo de marineros borrachos, y un corpulento gladiador negro, en cambio, decidieron enfrentarse a los asaltantes. Mi amo y sus compañeros también les plantaron cara, trabándose en un hosco y rápido combate, y derramando su sangre con poco esfuerzo.

Agonizaba ya la refriega cuando tres individuos, que habían permanecido en un discreto segundo plano, se revelaron como guardias reales e impusieron paz. Para entonces ninguno de los asaltantes quedaba con vida. La persona que los acompañaba no era otro que el comandante Palantides, quien persuadido por el buen hacer de nuestra peculiar compañía, decide citarlos en la Fortaleza Negra para proponerles un trabajo. No en vano se encontraba en el Arpa precisamente con ése fin. A ésta cita no se me permitió asistir, y durante un tiempo ignoré la naturaleza del encargo que la compañía aceptó en aquellos regios salones. Pero llegado el momento, se me permitió saberlo, y así es como hoy puedo contarlo.

Los espías del rey habían visto a un jinete, estigio con casi toda seguridad, atravesando las puertas de Sicas. La joya de plata del reino aquilonio, cuyas minas son vitales para la economía del reino, podría estar en peligro, pues Palantides temía que las redes del rey estigio Ctesphon IV estuvieran tratando de someter la ciudad a su influencia. Por ello necesitaban descubrir la identidad de ése jinete, rápido y con discreción. Ésa es la tarea que el comandante les encomendaría, y que los cuatro compañeros jurarían a llevar a cabo para el rey Conan.

Ésa noche, Hadryas regresó a la casa de su hermana Gadia, donde nos alojábamos, con aire pensativo. Me dijo enigmáticamente que a la mañana siguiente habríamos de partir de nuevo, sin dar más detalles, así que preparé todo lo necesario para la partida, y después me acosté en mi lecho preguntándome en silencio qué destino me aguardaría durante aquél nuevo y misterioso viaje.

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