7 de noviembre de 2015

El Desafío de los 30 Días (3ª ed) - Día 7

Pregunta 7: Una ciudad no solo la configuran sus edificios y construcciones, sino también los ciudadanos que la ocupan. En este caso no nos interesa que nos cuentes una de esas personas. Una a una, serían muchas las historias a contar. Así que vamos a centrarnos en los grupos. ¿Qué comunidad, grupo, gremio, etc conoces que habite e influya en la ciudad o sus alrededores?

"En los individuos la locura es rara; pero en los grupos, los partidos, las naciones y las épocas es la regla."
- Friedrich Nietzsche

Uno más de los detalles que hacen de Higdell un lugar único y peculiar es la agrupación de voluntarios que se han dado a conocer desde su creación por el nombre de Ángeles de la Luna. Su labor, no siempre apreciada o comprendida  por completo, es sin embargo una de las causantes de que el pueblo no haya sufrido uno de los efectos secundarios del flujo constante de aventureros y del aumento de población.

No mucho tiempo atrás, los grupos de mercenarios, exploradores, carroñeros y aventureros en general trasegaban por Highdell al igual que ahora, utilizándolo como lugar de paso entre otros puntos del reino, o como parada obligada antes y después de ascender a las no lejanas cumbres montañosas. Allí no pocas veces encontraban problemas que los sobrepasaban y si, muchos morían o desandaban el camino heridos y derrotados. Pero otros, aunque regresaban con el físico en buen estado, lo hacían marcados por el terror, por los horrores contemplados o por el peso de la muerte de sus camaradas en las conciencias. Estas pobres almas languidecían en las posadas mientras eran capaces de pagar por su estancia, que en algunos casos se limitaba a permanecer en una esquina de los dormitorios comunales con la mirada perdida, desaseados y rumiando palabras para si. Cuando el dinero se acababa, y el dueño de la posada terminaba por perder cualquier vestigio de paciencia o de caridad humana (o de cualquier raza), eran echados a la calle y abandonados a su suerte, y ahí es donde comenzaba su verdadero infierno.

Muchos pasaban simplemente a engrosar las filas de vagabundos mendicantes y pacíficos que eran tolerados a regañadientes por la gobernación como "un mal menor". Otros, sin embargo, asediados y espoleados por desórdenes mentales fuera de su control, comenzaban escaladas de actos vandálicos o violentos que daban finalmente con sus huesos en las mazmorras o en el cadalso en los casos mas extremos. Algunos ni siquiera pasaban por ese estadío intermedio y acababan con su existencia de formas trágicas y solitarias, abandonados por sus supuestos "compañeros de toda la vida". Por las noches se decretaba un toque de queda, en especial durante aquellas en las que la luna estaba en fase llena, para que "los locos" de las calles no molestasen a los viandantes.

Pero no todos abandonaron a sus compañeros en su hora más aciaga. Algunos decidieron quedarse y tratar de ayudarlos por amistad, lealtad o deber. Siete individuos de tres grupos diferentes de aventureros se unieron para comprar un viejo caserón fuera de las murallas y empezaron a convencer a quienes vagabundeaban por las calles de que fueran con ellos. Algunos habitantes del pueblo también se unieron a la iniciativa, y entre todos consiguieron crear un lugar donde no fueran excluidos ni empujados a la marginalidad. Se hablaba con ellos, se les escuchaba y se trataba de ayudarlos a superar aquello que los había empujado a esa situación o, en otros casos, a vivir con su nueva condición.
Poco a poco se fue extendiendo la noticia de la existencia de los Ángeles de la Luna, y sólo unos pocos años después el toque de queda dejó de ser necesario. Algunos de sus "internos" consiguieron regresar, con el tiempo, al mundo exterior aparentemente curados o con los mecanismos suficientes como para manejarse solos, mientras que otros decidieron quedarse y continuar la labor, o símplemente permanecer en un ambiente en el que se sabían comprendidos y respetados. La casa de acogida del grupo recibía directamente a aquellos que lo necesitaban de manos de sus allegados, y ya no sólo atendían a los aventureros desafortunados, también a aquellos que entre la población natural estaban aquejados de los mismos males. Aunque siguen existiendo a día de hoy prejuicios, y algunos prefieren mirar hacia otro lado o fingir ignorancia, lo cierto es que la mayoría de los locales acaban apreciando, o al menos respetando, la labor de estos abnegados voluntarios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario